viernes, 29 de agosto de 2008

Deseo o Necesidad?

El niño vivía con su padre en un valle en la base de un gran dique. Todos los días el padre iba a trabajar a la montaña detrás de su casa y retornaba a casa con una carretilla llena de tierra.

«Pon la tierra en los sacos, hijo», decía el padre. «Y amontónalos frente a la casa». Si bien el niño obedecía, también se quejaba. Estaba cansado de la tierra. Estaba cansado de las bolsas. ¿Por qué su padre no le daba lo que otros padres dan a sus hijos? Ellos tenían juguetes y juegos; él tenía tierra.

Cuando veía lo que los otros tenían, enloquecía. «Esto no es justo», se decía.

Y cuando veía a su padre, le reclamaba: «Ellos tienen diversión. Yo tengo tierra».

El padre sonreía y con sus brazos sobre los hombros del niño le decía: «Confía en mí, hijo. Estoy haciendo lo que más conviene».

Pero para el niño era duro confiar. Cada día el padre traía la carga. Cada día el niño llenaba las bolsas. «Amontónalas lo más alto que puedas», le decía el padre mientras iba por más. Y luego el niño llenaba las bolsas y las apilaba. Tan alto que no ya no podía mirar por encima de ellas.

Trabaja duro, hijo», le dijo el padre un día, «el tiempo se nos acaba».
Mientras hablaba, el padre miró al cielo oscurecido. El niño comenzó a mirar fijamente las nubes y se volvió para preguntarle al padre lo que significaban, pero al hacerlo sonó un trueno y el cielo se abrió. La lluvia cayó tan fuerte que escasamente podía ver a su padre a través del agua.
«¡Sigue amontonando, hijo!» Y mientras lo hacía, el niño escuchó un fuerte estruendo.

El agua del río irrumpió a través del dique hacia la pequeña villa. En un momento la corriente barrió con todo en su camino, pero el dique de tierra dio al niño y al padre el tiempo que necesitaban. «Apúrate, hijo. Sígueme».
Corrieron hacia la montaña detrás de su casa y entraron a un túnel. En cuestión de momentos salieron al otro lado, huyeron a lo alto de la colina y llegaron a una nueva casita.

Aquí estaremos a salvo», dijo el padre al niño.
Sólo entonces el hijo comprendió lo que el padre había hecho. Había provisto una salida. Antes que darle lo que deseaba, le dio lo que necesitaba. Le dio un pasaje seguro y un lugar seguro.

A veces no entendemos al Padre. Pero el sabe lo que hace. No te quejes de los sacos de tierra que has tenido que cargar. Un día sabrás que Dios estaba trabajando para tu futuro.

Dios desea que tengas confianza y paciencia en su trabajo. Su trabajo es perfecto, pero requiere de nuestra fe.

Bendiciones.

Patricio.

Alegria sin limites.


"Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús" (1 Tesalonicenses 5:18).

Una familia se sentó a la mesa, en determinada mañana, para tomar el café. Como era costumbre, el padre hizo la oración de agradecimiento por el alimento, pidiendo a Dios que bendijese lo que estaban comiendo. Luego a seguir, como era su mala costumbre, empezó a murmurar sobre los tiempos difíciles y las luchas por las cuales estaban pasando.

Reclamó de la pésima comida que eran forzados a comer, de la forma como ella era preparada y mucho más.
Su hija pequeña, interrumpiéndolo, habló: "Padre, cree que Dios oyó lo que dijo algunos minutos atrás"? "Ciertamente", contestó el padre con aire confiante de un buen instructor.

"Y Él oyó lo que usted dijo sobre el café y lo que comemos con él"? "Desde luego" el padre contestó, pero no con tanta confianza como antes. Entonces, su pequeña hija preguntó nuevamente: " Entonces, padre, en cual de sus dos palabras Dios creyó"?

¿Será que tenemos el mismo hábito malo del hombre de nuestra ilustración? O confiamos en Dios o no confiamos. No podemos agradecer por Su atenciones y por sus bendiciones y continuar reclamando de todo y de todos. O nuestra fe está firmada en el Señor, creyendo que todas las cosas cooperan para nuestro bien o necesitamos mudar nuestra confesión y lo que es, de hecho, real en nuestra vida espiritual.

Cuando el Señor Jesus está en nuestros corazones, toda nuestra vida es llena de placer. Nos Alegramos tanto cuando pasamos por momentos de grandes victorias y abundancia como cuando enfrentamos fracasos y escasez. Nuestra dicha no depende del mucho o del poco, de bonanza o de batallas, de glorias o anonimato, pero simplemente de tener a Jesus como Señor y Salvador de nuestras almas.

El Señor es nuestra alegría. ¡Glorias a Él por todo!

Bendiciones.

Patricio.

martes, 26 de agosto de 2008

Tesoro Escondido.


Eric Lawles, de setenta años de edad y vecino de Londres, Inglaterra, armó su detector de metales. Lo probó para asegurarse que funcionaba bien y salió en busca de su martillo. Había perdido un martillo, herrumbrado y viejo, pero suyo de todos modos. Buscó en su propio patio y por los predios vecinos. En algún lado tendría que hallarse.

De pronto el detector comenzó a emitir sus señales. «Aquí debe de estar», se dijo Eric, y armado de pico y pala, empezó a cavar. De pronto la pala golpeó algo metálico. No era su martillo sino un cofre. Dentro del cofre había un tesoro increíble: ¡más de dos mil monedas de oro y de plata, y cantidades de anillos, collares y brazaletes: un tesoro valorado en quince millones de dólares!

No hay persona en este mundo que no sueñe con encontrar, o conseguirse de alguna manera, un tesoro. Desde los tiempos de Robinson Crusoe y La isla del tesoro, chicos y grandes sueñan con descubrir cofres que contienen fortunas fabulosas. Con razón abundan las historias, algunas de ellas dramáticas y trágicas, otras ridículas y risibles, que constan de la búsqueda de tesoros. Hay mucha gente propensa a creer en esos tesoros escondidos y en montañas de perlas y diamantes, la misma que es dada a creer en fantasmas y aparecidos, horóscopos y ocultismo.

Desgraciadamente estos no son más que sueños fantásticos. Lo cierto es que si algún día uno de estos sueños se cumpliera, sólo produciría problemas, corrupción y ruina. El apóstol Pablo advierte contra semejante fantasía: «Los que quieren enriquecerse caen en la tentación y se vuelven esclavos de sus muchos deseos. Estos afanes insensatos y dañinos hunden a la gente en la ruina y en la destrucción» (1 Timoteo 6:9).

Sin embargo, hay un tesoro que debiera ser el más codiciado de todos los tesoros del mundo. No es un tesoro de perlas ni diamantes ni joyas, pues no es material. Es un tesoro mil veces más provechoso. Es espiritual, compuesto de virtudes morales que llevan a una vida abundante y feliz.

Ese tesoro es la Biblia, la eterna Palabra de Dios. Cada promesa de Dios estampada en la Biblia es una joya que enriquece el espíritu, da vida al alma y esperanza al corazón. Y cualquiera puede obtenerla, con sólo leer, escudriñar, indagar y escarbar.

No hay por qué buscar tesoros escondidos. Entre las tapas del Sagrado Libro está Jesucristo, Señor, Salvador, Maestro y Amigo. El que halla a Cristo halla el mayor de los tesoros.
Que Dios les bendiga.
Patricio.